Otro largo e intenso día de trabajo llegaba a su fin y ahora tocaba descansar. Fray Diego se tumbó en su cama a la hora de siempre, a las diez y cuarto para empezar un largo y sobrecogedor sueño. En un principio le fue difícil empezar a dormir pero poco a poco sus parpados le pesaban más y más hasta que llegó un punto que le fue imposible mantenerse despierto.
El fraile se encontraba en mitad de Maní con muchísima gente indígena a su alrededor. Estos por lo visto iban persiguiendo a los cristianos mientras cantaban extraños cánticos a los dioses. Cuando descubrieron la presencia de un fraile lo detuvieron y lo llevaron a un juez
- Por ser cristiano – decía en español – debes subir a un barco sin rumbo
La barca apareció al instante y le obligaron a subirse. Empujaron la barca y se adentró al mar en aquel momento tenía las aguas teñidas de rojo. De vez en cuando salían manos y cadáveres del agua lo que hizo pensar a fray Diego que podría haber otros cristianos muertos por ahí.
Ya se veía tierra, y una vez llegó el fraile bajo rápidamente. Pensó que había regresado de vuelta. Pero no. Allí habían unos extraños seres que aparentemente había devorado a más de una persona y habían dejado por allí tirados sus huesos. Los monstruos eran enviados por el demonio ya que llevaban unas extrañas máscaras que simulaban máscaras de humanos gimiendo o clamando al cielo. También tenían símbolos anticlericales y luteranos en sus pechos.
Uno de los seres se acercó a él e intentó devorarlo pero fray Diego reaccionó a tiempo y sacó de su bolsillo su cruz. De ella salió una cegadora luz que impidió a los monstruos comérselo. De hecho los extraños seres retrocedieron ante la resplandeciente luz. La potencia fue aumentando de intensidad hasta tal punto que todo despareció y fray Diego apareció tumbado en la cama boca arriba y mojado de sudor.

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